La Comuna, un gobierno obrero para mejorar la vida de la clase trabajadora

Publicado el por Jesús Sanvicente

Categoría: Formación - Historia del movimiento obrero

La Comuna de París es sin duda uno de los mayores episodios revolucionarios de la de historia. Aunque en los libros de historia se nombre poco, y en el caso de hacerlo, no sea más que como una anécdota de la guerra franco-prusiana, la clase obrera de París luchó para reemplazar el estado burgués, monárquico y capitalista por una república. Pero la república con la que ellos soñaban no se parecía en nada a las que habían tenido hasta ese momento, y muy especialmente a la aprobada el 4 de septiembre de 1870. Ellos querían una república social, una república que rompiese con el legado de la revolución burguesa de 1789. Como decía Marx, el concepto de “república social” expresaba “el vago anhelo de una república que no acabase sólo con la forma monárquica de la dominación de clase, sino con la misma dominación de clase”.

La Comuna de París fue la primera revolución de la historia capaz de instaurar un gobierno obrero, y aunque empezó como una revuelta patriótica ante el asedio al que estaban siendo sometidos los habitantes de París por parte de Prusia, desembocó en unas prácticas y un discurso marcadamente internacionalistas. Un internacionalismo que se puede medir en la cantidad de extranjeros que lucharon bajo su bandera roja, así como en los importantes cargos que ocuparon.

Pero el internacionalismo de la Comuna era mucho más que la cantidad de extranjeros o la importancia del nombre de éstos. Como Marx dijo: “la Comuna era un gobierno internacional en el pleno sentido de la palabra… que anexionó a Francia los obreros del mundo entero”. Este internacionalismo se construyó como antítesis al colonialismo y al imperialismo francés de la época.

Medidas efectivas en favor de la mayoría

Los dirigentes de la Comuna no perdieron tiempo en intentar mejorar las condiciones materiales de vida de los ciudadanos de París, y desde el primer momento legislaron para mejorar la vida de la gente. Entre la multitud de medidas y decretos que se hicieron en los 72 días que duró la Comuna, destacan por número y profundidad los que concernían al trabajo, y entre las que destacan medidas como estas:

Se hizo un decreto que abolía las retenciones sobre los salarios, que los patronos aplicaban a sus trabajadores con cualquier pretexto, en un proceso en el que eran juez y parte.

Se prohibió la acumulación, y se fijó un sueldo máximo de 6000 francos al año. Las retribuciones de los miembros de la Comuna eran de 15 francos diarios, muy lejos de alcanzar el máximo. El sueldo de los maestros se fijó en 2000 francos.

Se creó una comisión superior de contabilidad, que vigilaba la gestión financiera de todas las delegaciones de la Comuna y estaba encargada de fiscalizar sus cuentas. Los funcionarios o abastecedores que fueran declarados culpables de depredación, concusión o robo, serían llevados ante un consejo de guerra.

Se crearon guarderías para cuidar a los hijos de las mujeres trabajadoras.

Se intentó prohibir el trabajo nocturno en las tahonas.

Se liquidaron los montes de piedad (casas de empeño), donde los pobres podían obtener sumas en metálico empeñando sus pertenencias y se devolvieron gratuitamente las herramientas a los trabajadores que las tenían empeñadas. Se elaboró un informe para que a esta liquidación le sucediera una organización social que otorgara a los trabajadores garantías reales de auxilio y apoyo en caso de falta de trabajo.

Se entregaron a las sociedades laborales los talleres abandonados.

A pesar de las dificultades se lograron mantener los servicios básicos.

Se hicieron llamamientos por parte de los dirigentes de la Comuna en favor de que “cada uno se entregara sin trabas a su talento”. En todas partes había cursos abiertos en respuesta al ardor de la juventud. Se quería todo a la vez… artes, ciencias, literatura, descubrimientos.

La implantación de la Comuna exigía nuevas instituciones reparadoras que pusieran a los trabajadores al abrigo de la explotación del capital, y ésta puso su empeño en crearlas. Es indudable que requería cientos de medidas y decretos complementarios, que por distintas razones, incluyendo una cierta falta de claridad y agilidad en la dirección, no se pudieron llevar a cabo. Pero lo que queda claro es que los revolucionarios del 18 de marzo hicieron más por la clase trabajadora que todas las asambleas burguesas reunidas desde el fin de la revolución de 1789 hasta aquellos días. Todo lo expuesto ofrece enseñanzas muy importantes para la actualidad.

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