Acoso y poder en las entrañas del Estado
No nos engañemos. Lo que hoy desborda los titulares sobre el Ministerio del Interior no es un «fallo en el sistema» ni una serie de «casos aislados». Hay que entender que el Estado no es un árbitro neutral, sino el garante de un orden: estas denuncias de acoso sexual son la manifestación natural de una estructura jerárquica diseñada para el control y la dominación.
La institución como refugio del agresor
Cuando una mujer denuncia acoso dentro de las fuerzas de seguridad o en las altas esferas de Interior, se enfrenta a un muro de hormigón armado. La crisis actual no es solo por la gravedad de los actos denunciados, sino por la maquinaria de encubrimiento que se activa automáticamente.
La jerarquía como silenciador
En instituciones basadas en la obediencia ciega, el rango se convierte en una licencia para el abuso. El superior no solo tiene poder administrativo, tiene el poder de anular la credibilidad de la subordinada bajo una disciplina de cuartel que no admite fisuras.
El pacto de caballeros
Existe una solidaridad de casta entre quienes ostentan el poder. El miedo a «manchar la institución» siempre prevalece sobre la integridad física y psicológica de las trabajadoras.
Justicia heredada del franquismo
No podemos obviar que los protocolos y la cultura interna de Interior beben directamente de una Transición que nunca depuró sus cloacas. Los mecanismos de control actuales son herederos de una justicia que protegía al «hombre de orden» frente a la «mujer descarriada» o la disidente. Es una estructura que sigue viendo el cuerpo de la mujer como un botín de guerra o un objeto de servicio, protegida por una judicatura y una fiscalía que, en su ADN, conservan los tics autoritarios y misóginos de la dictadura.
¿Reformas o Ruptura?
El discurso oficial nos hablará de «nuevos protocolos», «formación en género» y «comisiones de investigación». Pero sabemos que no se puede desinfectar una herida si el cuchillo sigue dentro.
El Ministerio del Interior es el brazo ejecutor del monopolio de la violencia. Pedirle a este sistema que sea «feminista» es una contradicción histórica. El feminismo liberal se conforma con que haya más mujeres en la cúpula; el feminismo revolucionario sabe que una mujer con porra y placa sigue operando dentro de una lógica de opresión que no ha roto con su pasado fascista y que, tarde o temprano, se volverá contra ella o contra sus hermanas de clase.
No basta con «modernizar». Hay que desmantelar la cultura del silencio y la jerarquía absoluta que sobrevive desde 1939. La impunidad de hoy es el hijo directo de la amnesia de ayer.
Recordar que cada avance ha sido arrancado, no concedido. La crisis actual es el resultado de mujeres que han decidido que el silencio ya no es una opción, desafiando a un aparato estatal que sigue oliendo a naftalina y a bota militar.
La crisis en Interior no se soluciona con dimisiones cosméticas. Se soluciona cuestionando para qué y para quién sirve esa institución que aún guarda los vicios de su fundador espiritual. Mientras el poder siga cimentado en la herencia de la dictadura, el acoso será su herramienta de disciplina.
Silvia Martínez






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